Aprendizajes de los Nodos en CASA 3
La Plaza de las Palabras
Relato corto que ayuda a entender los aprendizajes a adquirir.
El/la protagonista tenía un don raro: podía entrar en cualquier grupo y, en cinco minutos, sonar como si llevara toda la vida allí.
Sabía qué palabras tranquilizaban, qué frases daban la razón sin darla demasiado, qué chistes hacían que la gente le mirase con complicidad. Era como hablar “el idioma” de los demás… solo que, a veces, no era idioma: era reflejo.
Lo notó un día en una reunión de un colectivo (de esos que viven de coordinarse, debatir y tomar decisiones). Entró con la mejor sonrisa —la de “no voy a molestar”— y empezó a asentir.
—¿Estás de acuerdo? —preguntó alguien.
Y su boca, automática, respondió lo de siempre: una frase correcta, agradable, que encajaba con lo que “se” piensa.
Solo que esta vez… esa frase desencadenó un lío.
Porque, cuando llegó el momento de actuar, lo que él/ella realmente pensaba no coincidía con lo que había dicho. Y, de golpe, se vio atrapado/a entre dos muros: el miedo a quedar mal y la incomodidad de sostener una mentira pequeña pero decisiva.
Aquella noche, al volver a casa, le vino una idea incómoda como una astilla: “Tengo tendencia a decir a los demás lo que quieren oír”. Y no era moralismo: era mecánica interna. Dependencias inconscientes que le movían la lengua antes de que llegara la conciencia.
El experimento: revisar las palabras “a posteriori”
Decidió hacer una prueba durante varias semanas: después de cada conversación importante, escribir lo que había dicho… y preguntarse con frialdad:
• ¿Era justificable?
• ¿Era objetivamente exacto?
• ¿O era solo una frase para gustar, para no tropezar con resistencias?
Descubrió algo humillante y liberador: su lenguaje, a veces, era un “traje social” que se ponía para encajar. Y eso es normal en la Casa 3, porque aquí el medio es el lenguaje y el pensamiento del colectivo (lo que “se” piensa).
Pero el trabajo no era hablar bonito: era hablar consciente.
Los bufones y el maestro
Una tarde, caminando por una plaza, lo entendió con una imagen casi teatral: se imaginó a unos bufones cambiándose papeles, intercambiando gestos y palabras, haciendo jaleo —comunicación viva, horizontal, de calle—: “Estoy aquí, soy de aquí, sé lo que pasa”.
Y, al mismo tiempo, vio al otro extremo: el maestro serio, vertical, el que “lo sabe todo”, el que cree que nadie debe bromear con el conocimiento.
Entonces le cayó la ficha: él/ella oscilaba entre esos dos personajes.
• A veces bufón: adaptándose por simpatía, diciendo lo que encaja.
• A veces maestro: encerrándose en su verdad, esperando que el grupo se arrodille ante su visión.v
Pero el libro lo decía con claridad: el colectivo no tiene derecho a exigir sumisión, y el individuo tampoco puede exigir que el colectivo se postre a sus pies. La tarea era otra: usar las formas y referencias aceptadas para ser comprendido/a, sin adaptarse más de lo necesario, y hacerlo de forma consciente.
La frase que lo cambió todo
En la siguiente reunión, cuando llegó el “¿estás de acuerdo?”, respiró y dijo:
—Estoy de acuerdo con la intención… pero no con esta parte. Déjame explicarlo con palabras claras.
Y lo hizo. Sin atacar. Sin quedar por encima. Sin esconderse.
Por primera vez, no habló “para gustar”, sino para comunicar de verdad: escuchando el idioma del grupo, usando su marco para hacerse entender, pero manteniendo su centro.
Algo se aflojó.
No fue que el colectivo le diera un premio. Fue mejor: lo comprendieron. Porque ahora sus palabras tenían una cualidad nueva: exactitud.
Esa noche, al escribir su revisión “a posteriori”, anotó una frase simple:
“Hoy no me dirigió el entorno. Hoy me adapté conscientemente.”
Y entendió la diferencia que marca el Nodo en esta casa: no es lo mismo estar dirigido inconscientemente por el ambiente que volver, con pensamiento propio, y elegir cómo relacionarse con el lenguaje y las ideas del colectivo.
Sabía qué palabras tranquilizaban, qué frases daban la razón sin darla demasiado, qué chistes hacían que la gente le mirase con complicidad. Era como hablar “el idioma” de los demás… solo que, a veces, no era idioma: era reflejo.
Lo notó un día en una reunión de un colectivo (de esos que viven de coordinarse, debatir y tomar decisiones). Entró con la mejor sonrisa —la de “no voy a molestar”— y empezó a asentir.
—¿Estás de acuerdo? —preguntó alguien.
Y su boca, automática, respondió lo de siempre: una frase correcta, agradable, que encajaba con lo que “se” piensa.
Solo que esta vez… esa frase desencadenó un lío.
Porque, cuando llegó el momento de actuar, lo que él/ella realmente pensaba no coincidía con lo que había dicho. Y, de golpe, se vio atrapado/a entre dos muros: el miedo a quedar mal y la incomodidad de sostener una mentira pequeña pero decisiva.
Aquella noche, al volver a casa, le vino una idea incómoda como una astilla: “Tengo tendencia a decir a los demás lo que quieren oír”. Y no era moralismo: era mecánica interna. Dependencias inconscientes que le movían la lengua antes de que llegara la conciencia. El experimento: revisar las palabras “a posteriori”
Decidió hacer una prueba durante varias semanas: después de cada conversación importante, escribir lo que había dicho… y preguntarse con frialdad:
• ¿Era justificable?
• ¿Era objetivamente exacto?
• ¿O era solo una frase para gustar, para no tropezar con resistencias?
Descubrió algo humillante y liberador: su lenguaje, a veces, era un “traje social” que se ponía para encajar. Y eso es normal en la Casa 3, porque aquí el medio es el lenguaje y el pensamiento del colectivo (lo que “se” piensa).
Pero el trabajo no era hablar bonito: era hablar consciente.
Los bufones y el maestro
Una tarde, caminando por una plaza, lo entendió con una imagen casi teatral: se imaginó a unos bufones cambiándose papeles, intercambiando gestos y palabras, haciendo jaleo —comunicación viva, horizontal, de calle—: “Estoy aquí, soy de aquí, sé lo que pasa”.
Y, al mismo tiempo, vio al otro extremo: el maestro serio, vertical, el que “lo sabe todo”, el que cree que nadie debe bromear con el conocimiento.
Entonces le cayó la ficha: él/ella oscilaba entre esos dos personajes.
• A veces bufón: adaptándose por simpatía, diciendo lo que encaja.
• A veces maestro: encerrándose en su verdad, esperando que el grupo se arrodille ante su visión.v
Pero el libro lo decía con claridad: el colectivo no tiene derecho a exigir sumisión, y el individuo tampoco puede exigir que el colectivo se postre a sus pies. La tarea era otra: usar las formas y referencias aceptadas para ser comprendido/a, sin adaptarse más de lo necesario, y hacerlo de forma consciente.
La frase que lo cambió todo
En la siguiente reunión, cuando llegó el “¿estás de acuerdo?”, respiró y dijo:
—Estoy de acuerdo con la intención… pero no con esta parte. Déjame explicarlo con palabras claras.
Y lo hizo. Sin atacar. Sin quedar por encima. Sin esconderse.
Por primera vez, no habló “para gustar”, sino para comunicar de verdad: escuchando el idioma del grupo, usando su marco para hacerse entender, pero manteniendo su centro.
Algo se aflojó.
No fue que el colectivo le diera un premio. Fue mejor: lo comprendieron. Porque ahora sus palabras tenían una cualidad nueva: exactitud.
Esa noche, al escribir su revisión “a posteriori”, anotó una frase simple:
“Hoy no me dirigió el entorno. Hoy me adapté conscientemente.”
Y entendió la diferencia que marca el Nodo en esta casa: no es lo mismo estar dirigido inconscientemente por el ambiente que volver, con pensamiento propio, y elegir cómo relacionarse con el lenguaje y las ideas del colectivo.
Canción: “Hablar con verdad”
(Nodo Norte en Casa 3)
Letra de la canción para ir integrando los aprendizajes al irla escuchando y cantando.
Verso 1
Yo decía lo que encajaba,
lo que calmaba la tensión,
y por dentro me tragaba
mi palabra y mi razón.
Sonreía, asentía,
para no quedar al margen,
pero a veces mi idioma
era miedo disfrazado de aire.
Pre-estribillo
Hoy escucho lo que “se” piensa,
sin perderme en el rumor.
Yo puedo estar en el mundo
sin vender mi corazón.
Estribillo
Hablar con verdad, aprender a escuchar,
usar el lenguaje para conectar.
Sin rendirme, sin imponer,
sin decir por quedar bien.
Yo elijo pensar, yo elijo expresar,
con palabras que se puedan sostener.
Hablar con verdad…
y pertenecer.
Verso 2
Hay reflejos del entorno
que me salen sin mirar,
y respondo demasiado pronto
solo por agradar.
Pero ahora, paso a paso,
reviso lo que he dicho,
y descubro en lo sencillo
un camino más preciso.
Pre-estribillo 2
Si no me van a entender
si hablo desde mi torre,
aprendo el mapa del grupo
sin que el grupo me devore.
Estribillo
Hablar con verdad, aprender a escuchar,
usar el lenguaje para conectar.
Sin rendirme, sin imponer,
sin decir por quedar bien.
Yo elijo pensar, yo elijo expresar,
con palabras que se puedan sostener.
Hablar con verdad…
y pertenecer.
Puente
El colectivo no manda mi alma,
y mi alma no manda al colectivo.
Entre el “sí” automático
y el “yo tengo razón” altivo,
hay un punto de equilibrio:
ser consciente en lo compartido.
Estribillo final
Hablar con verdad, aprender a escuchar,
usar el lenguaje para conectar.
Sin rendirme, sin imponer,
con respeto y con poder.
Yo elijo pensar, yo elijo expresar,
con palabras que se puedan sostener.
Hablar con verdad…
y pertenecer.
Verso 1
Yo decía lo que encajaba,
lo que calmaba la tensión,
y por dentro me tragaba
mi palabra y mi razón.
Sonreía, asentía,
para no quedar al margen,
pero a veces mi idioma
era miedo disfrazado de aire.
Pre-estribillo
Hoy escucho lo que “se” piensa,
sin perderme en el rumor.
Yo puedo estar en el mundo
sin vender mi corazón.
Estribillo
Hablar con verdad, aprender a escuchar,
usar el lenguaje para conectar.
Sin rendirme, sin imponer,
sin decir por quedar bien.
Yo elijo pensar, yo elijo expresar,
con palabras que se puedan sostener.
Hablar con verdad…
y pertenecer.
Verso 2
Hay reflejos del entorno
que me salen sin mirar,
y respondo demasiado pronto
solo por agradar.
Pero ahora, paso a paso,
reviso lo que he dicho,
y descubro en lo sencillo
un camino más preciso.
Pre-estribillo 2
Si no me van a entender
si hablo desde mi torre,
aprendo el mapa del grupo
sin que el grupo me devore.
Estribillo
Hablar con verdad, aprender a escuchar,
usar el lenguaje para conectar.
Sin rendirme, sin imponer,
sin decir por quedar bien.
Yo elijo pensar, yo elijo expresar,
con palabras que se puedan sostener.
Hablar con verdad…
y pertenecer.
Puente
El colectivo no manda mi alma,
y mi alma no manda al colectivo.
Entre el “sí” automático
y el “yo tengo razón” altivo,
hay un punto de equilibrio:
ser consciente en lo compartido.
Estribillo final
Hablar con verdad, aprender a escuchar,
usar el lenguaje para conectar.
Sin rendirme, sin imponer,
con respeto y con poder.
Yo elijo pensar, yo elijo expresar,
con palabras que se puedan sostener.
Hablar con verdad…
y pertenecer.