Aprendizajes de los Nodos en CASA 2
La Muralla y el Pan
Relato corto que ayuda a entender los aprendizajes a adquirir.
El/la protagonista siempre había tenido una sensación incómoda: que la vida le debía algo.
No era avaricia consciente; era más sutil. Sentía que los demás “tenían” más: más apoyo, más oportunidades, más suerte. Y cuando alguien le pedía algo —tiempo, ayuda, un favor— le salía una defensa automática por dentro, como si le estuvieran arrancando un pedazo de piel.
“Me explotan”, pensaba. “Siempre doy yo.”
Y sin embargo… cuando miraba con honestidad, veía otra cosa: daba mucho en intención, sí… pero no confiaba en lo que tenía, ni sabía medir su propio valor.
Aquella semana se repitió el patrón: un proyecto, una colaboración, una promesa de “ya verás cómo te irá bien”… y otra vez la dependencia, otra vez esperar que el otro trajera la sustancia.
Hasta que se le rompió el hilo.
El otro falló.
No por maldad:
simplemente no llegó. Y el/la protagonista se quedó mirando el vacío con una pregunta que quemaba:
—¿Y ahora qué? ¿Con qué sigo?
Esa noche, abrió el libro y se encontró con una frase que le cayó como una llave en la mano: en Casa 2, lo esencial es emplear la propia sustancia. No contar con la ayuda ni con la “sustancia” de los demás: usar lo propio—posesiones, capacidades, conocimientos, lo conseguido con trabajo o lo recibido—porque ya hay fuerza y valores suficientes.
Y entonces entendió por qué todo se atascaba: había vivido como si su suelo fuese prestado.
El sueño del terrateniente
Esa madrugada soñó algo extrañísimo: era un terrateniente. No uno simpático: uno de esos que caminan por su territorio con orgullo, vigilando el perímetro, midiendo la distancia a los intrusos. Había una muralla enorme y, dentro, sacos, rejas, pasillos cerrados. Un lugar donde nadie entraba… y, curiosamente, del que tampoco se salía.
En el sueño, se sentaba sobre un gran saco de dinero, apretándolo, como si soltarlo fuera morir. Y, al mismo tiempo, sentía una soledad absurda: ¿de qué sirve tener tanto si vives atrincherado?
Al despertar, supo que la muralla no era “la economía”. Era su forma de protegerse: aferrarse, no dar, querer tener más, o depender de los medios de otros como compensación por no reconocer su propio valor.
Inventario de sustancia
Hizo algo práctico. Cero mística, cero frases bonitas: un inventario.
En una hoja escribió tres columnas:
1. Lo que tengo (recursos materiales, por modestos que fueran).
2. Lo que sé (habilidades, conocimientos, experiencia).
3. Lo que valgo (talentos que siempre había minimizado).
Le sorprendió la lista. No era rica, no era espectacular… pero era real. Y, sobre todo, era suya.
Entonces llegó el siguiente punto, el más difícil: usar eso en la vida. Porque la Casa 2 es “tener”, sí, pero con el Nodo Norte ahí, avanzar significa emplear lo que se tiene: ponerse en marcha con lo propio.
Dar para recibir (de verdad)
Aquí se le abrió un conflicto. Porque una parte interna decía:
—Si das, te quedas sin nada.
Pero el libro insistía en una idea que le desmontó esa lógica: hay una fase en la que los valores deben emplearse de forma efectiva, y muy a menudo aparece el tema de dar, y entonces se experimenta que cuando se da plenamente, también se recibe plenamente.
Así que se propuso un reto pequeño, medible:
• Esta semana, usaré mis recursos sin esperar rescate.
• Y haré un acto de “dar” que no sea sacrificio ni postureo: algo concreto, desde lo que tengo.
Empezó por lo básico: reorganizó su dinero con firmeza, definió límites, dejó de decir sí por miedo. Luego, tomó una habilidad suya —una de esas que siempre había subestimado— y la ofreció como un servicio claro. Sin disculpas. Sin “bueno, es poca cosa”.
Los primeros días, el miedo gritaba:
—¡Vas a quedarte sin!
Pero ocurrió lo inesperado: al usar lo propio, se sintió más sólido. Al dar desde la solidez, no desde la carencia, el mundo respondía con respeto. Y empezó a pasar algo que le resultó casi humillante admitir:
Su fondo vital era mejor de lo que creía; solo no era consciente.
La muralla baja… y aparece el camino
Una tarde volvió la imagen del sueño: la muralla, la reja, el saco.
Y, por primera vez, no vio “seguridad”, sino “prisión”.
Se imaginó abriendo una puerta pequeña en la muralla. No para que cualquiera arrasara su territorio, sino para que pudiera circular lo que tenía que circular: valor, intercambio, flujo.
Porque el verdadero aprendizaje no era “ser generoso” como consigna. Era este:
• Reconozco lo que tengo.
• Lo empleo.
• Me sostengo a mí mismo/a.
• Doy con voluntad consciente, no por miedo.
• Y así construyo seguridad real.
Y esa noche, al acostarse, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que la vida le debía algo.
Sintió algo mejor:
—Tengo suelo. Y puedo caminar.
No era avaricia consciente; era más sutil. Sentía que los demás “tenían” más: más apoyo, más oportunidades, más suerte. Y cuando alguien le pedía algo —tiempo, ayuda, un favor— le salía una defensa automática por dentro, como si le estuvieran arrancando un pedazo de piel.
“Me explotan”, pensaba. “Siempre doy yo.”
Y sin embargo… cuando miraba con honestidad, veía otra cosa: daba mucho en intención, sí… pero no confiaba en lo que tenía, ni sabía medir su propio valor.
Aquella semana se repitió el patrón: un proyecto, una colaboración, una promesa de “ya verás cómo te irá bien”… y otra vez la dependencia, otra vez esperar que el otro trajera la sustancia.
Hasta que se le rompió el hilo.
El otro falló.
No por maldad:
simplemente no llegó. Y el/la protagonista se quedó mirando el vacío con una pregunta que quemaba:
—¿Y ahora qué? ¿Con qué sigo?
Esa noche, abrió el libro y se encontró con una frase que le cayó como una llave en la mano: en Casa 2, lo esencial es emplear la propia sustancia. No contar con la ayuda ni con la “sustancia” de los demás: usar lo propio—posesiones, capacidades, conocimientos, lo conseguido con trabajo o lo recibido—porque ya hay fuerza y valores suficientes.
Y entonces entendió por qué todo se atascaba: había vivido como si su suelo fuese prestado. El sueño del terrateniente
Esa madrugada soñó algo extrañísimo: era un terrateniente. No uno simpático: uno de esos que caminan por su territorio con orgullo, vigilando el perímetro, midiendo la distancia a los intrusos. Había una muralla enorme y, dentro, sacos, rejas, pasillos cerrados. Un lugar donde nadie entraba… y, curiosamente, del que tampoco se salía.
En el sueño, se sentaba sobre un gran saco de dinero, apretándolo, como si soltarlo fuera morir. Y, al mismo tiempo, sentía una soledad absurda: ¿de qué sirve tener tanto si vives atrincherado? Al despertar, supo que la muralla no era “la economía”. Era su forma de protegerse: aferrarse, no dar, querer tener más, o depender de los medios de otros como compensación por no reconocer su propio valor.
Inventario de sustancia
Hizo algo práctico. Cero mística, cero frases bonitas: un inventario.
En una hoja escribió tres columnas:
1. Lo que tengo (recursos materiales, por modestos que fueran).
2. Lo que sé (habilidades, conocimientos, experiencia).
3. Lo que valgo (talentos que siempre había minimizado).
Le sorprendió la lista. No era rica, no era espectacular… pero era real. Y, sobre todo, era suya.
Entonces llegó el siguiente punto, el más difícil: usar eso en la vida. Porque la Casa 2 es “tener”, sí, pero con el Nodo Norte ahí, avanzar significa emplear lo que se tiene: ponerse en marcha con lo propio.
Dar para recibir (de verdad)
Aquí se le abrió un conflicto. Porque una parte interna decía:
—Si das, te quedas sin nada.
Pero el libro insistía en una idea que le desmontó esa lógica: hay una fase en la que los valores deben emplearse de forma efectiva, y muy a menudo aparece el tema de dar, y entonces se experimenta que cuando se da plenamente, también se recibe plenamente.
Así que se propuso un reto pequeño, medible:
• Esta semana, usaré mis recursos sin esperar rescate.
• Y haré un acto de “dar” que no sea sacrificio ni postureo: algo concreto, desde lo que tengo.
Empezó por lo básico: reorganizó su dinero con firmeza, definió límites, dejó de decir sí por miedo. Luego, tomó una habilidad suya —una de esas que siempre había subestimado— y la ofreció como un servicio claro. Sin disculpas. Sin “bueno, es poca cosa”.
Los primeros días, el miedo gritaba:
—¡Vas a quedarte sin!
Pero ocurrió lo inesperado: al usar lo propio, se sintió más sólido. Al dar desde la solidez, no desde la carencia, el mundo respondía con respeto. Y empezó a pasar algo que le resultó casi humillante admitir:
Su fondo vital era mejor de lo que creía; solo no era consciente.
La muralla baja… y aparece el camino
Una tarde volvió la imagen del sueño: la muralla, la reja, el saco.
Y, por primera vez, no vio “seguridad”, sino “prisión”.
Se imaginó abriendo una puerta pequeña en la muralla. No para que cualquiera arrasara su territorio, sino para que pudiera circular lo que tenía que circular: valor, intercambio, flujo.
Porque el verdadero aprendizaje no era “ser generoso” como consigna. Era este:
• Reconozco lo que tengo.
• Lo empleo.
• Me sostengo a mí mismo/a.
• Doy con voluntad consciente, no por miedo.
• Y así construyo seguridad real.
Y esa noche, al acostarse, por primera vez en mucho tiempo, no sintió que la vida le debía algo. Sintió algo mejor:
—Tengo suelo. Y puedo caminar.
Canción: “Tengo suelo”
(Nodo Norte en Casa 2)
Letra de la canción para ir integrando los aprendizajes al irla escuchando y cantando.
Verso 1
Yo creía que me faltaba,
que el mundo me iba a fallar,
y escondía mis tesoros
por miedo a perder mi paz.
Me quejaba de ser usado/a,
de que otros iban mejor…
y no veía en mi silencio
la fuerza de mi interior.
Pre-estribillo
Hoy miro lo que sí tengo,
lo que sé, lo que construí.
No espero que me rescaten:
me sostengo desde aquí.
Estribillo
Tengo suelo, tengo manos,
tengo un valor por descubrir.
Uso lo mío, doy lo justo,
y aprendo a recibir.
No vivo de lo prestado,
no me vendo por temor:
mi sustancia me guía,
mi sustancia es mi motor.
Verso 2
Levanté una gran muralla
para que nadie entre en mí,
pero era una cárcel lenta
donde tampoco salí.
Y si doy desde la falta
todo duele, todo pesa…
si doy desde mi firmeza
la vida vuelve y me besa.
Pre-estribillo 2
Hoy me doy la seguridad
que antes pedía al exterior.
Mis talentos son mi casa,
mi trabajo es mi calor.
Estribillo
Tengo suelo, tengo manos,
tengo un valor por descubrir.
Uso lo mío, doy lo justo,
y aprendo a recibir.
No vivo de lo prestado,
no me vendo por temor:
mi sustancia me guía,
mi sustancia es mi motor.
Puente
Si subestimo lo que soy, me agarro y quiero más,
si confío en lo que tengo… puedo caminar.
Abro una puerta en la muralla, dejo el miedo caer:
dar plenamente, vivir plenamente… y crecer.
Estribillo final
Tengo suelo, tengo manos,
tengo un valor por construir.
Uso lo mío, doy lo justo,
y aprendo a recibir.
No vivo de lo prestado,
yo me elijo con honor:
mi sustancia me guía,
mi sustancia es mi motor.
Verso 1
Yo creía que me faltaba,
que el mundo me iba a fallar,
y escondía mis tesoros
por miedo a perder mi paz.
Me quejaba de ser usado/a,
de que otros iban mejor…
y no veía en mi silencio
la fuerza de mi interior.
Pre-estribillo
Hoy miro lo que sí tengo,
lo que sé, lo que construí.
No espero que me rescaten:
me sostengo desde aquí.
Estribillo
Tengo suelo, tengo manos,
tengo un valor por descubrir.
Uso lo mío, doy lo justo,
y aprendo a recibir.
No vivo de lo prestado,
no me vendo por temor:
mi sustancia me guía,
mi sustancia es mi motor.
Verso 2
Levanté una gran muralla
para que nadie entre en mí,
pero era una cárcel lenta
donde tampoco salí.
Y si doy desde la falta
todo duele, todo pesa…
si doy desde mi firmeza
la vida vuelve y me besa.
Pre-estribillo 2
Hoy me doy la seguridad
que antes pedía al exterior.
Mis talentos son mi casa,
mi trabajo es mi calor.
Estribillo
Tengo suelo, tengo manos,
tengo un valor por descubrir.
Uso lo mío, doy lo justo,
y aprendo a recibir.
No vivo de lo prestado,
no me vendo por temor:
mi sustancia me guía,
mi sustancia es mi motor.
Puente
Si subestimo lo que soy, me agarro y quiero más,
si confío en lo que tengo… puedo caminar.
Abro una puerta en la muralla, dejo el miedo caer:
dar plenamente, vivir plenamente… y crecer.
Estribillo final
Tengo suelo, tengo manos,
tengo un valor por construir.
Uso lo mío, doy lo justo,
y aprendo a recibir.
No vivo de lo prestado,
yo me elijo con honor:
mi sustancia me guía,
mi sustancia es mi motor.